expr:dir='data:blog.languageDirection' xmlns='http://www.w3.org/1999/xhtml' xmlns:b='http://www.google.com/2005/gml/b' xmlns:data='http://www.google.com/2005/gml/data' xmlns:expr='http://www.google.com/2005/gml/expr'> Medir la pobreza, ocultar la riqueza ~ Mensajero Digital

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domingo, 7 de octubre de 2018

Medir la pobreza, ocultar la riqueza

Por SERGIO WISCHÑEVSKY |

El índice de pobreza en la era Macri está llegando al 30 por ciento. Hasta 1974, rondaba el 4,6 por ciento y a finales de la dictadura llegó al 21,55 por ciento: la pobreza estructural había llegado para quedarse. La democracia en 1983 arrancó con 27,8 por ciento y la presidencia de Fernando De la Rúa terminó en 2001 con el récord histórico del 50 por ciento. Si bien podemos conocer con cierta precisión los niveles de pobreza, poco se sabe sobre quiénes se llevan la riqueza. Cambiemos habla de los “mercados” pero tienen nombre y apellido, y su poder es volverse cada vez más invisibles.



Según el INDEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos), la pobreza llegó al 27,3 por ciento de la población. Son 11 millones de argentinos pasando privaciones en el país de las tierras fértiles infinitas y la abundancia de producción de alimentos. La medición corresponde al segundo trimestre de 2018, por lo que el desastre económico de agosto y septiembre no ha sido registrado, y puede preverse sin mucho margen de error, que la situación se está agravando aceleradamente. Es muy significativo que solo se mida la pobreza y no se dé a conocer un índice de riqueza. Un índice de la desigualdad. La ciudad de Buenos Aires tiene un 11 por ciento de pobres, su vecino conurbano bonaerense un 32 por ciento, solo superado por la provincia de Corrientes con un 34 por ciento.

Las políticas de Cambiemos nombran en forma casi obsesiva a los “mercados”, los tienen en cuenta, los miman, les garantizan ganancias, los seducen, hablan de su humor, de cómo reaccionan, de lo que rumorean. Pero “mercado” es un eufemismo: son un puñado de miles de personas, algunos argentinos, otros no. Tienen nombre y apellido, y su poder es volverse lo más invisibles posible. De esa forma la pobreza aparece como si fuera una catástrofe natural, un efecto de las turbulencias y tormentas, un epifenómeno de causas tan complejas que son casi irremediables, una lamentable realidad sin responsables. Como si la pobreza no tuviera nada que ver con la riqueza. Anunciar sistemáticamente el índice de pobreza sin la contrapartida de sus causales emula el nombre de la película de Carlos Borcosque estrenada en 1958, Pobres habrá siempre.

La primera sorpresa que uno se puede llevar si intenta hacer una historia de la pobreza en Argentina es lo relativamente reciente que es su medición. Fue en los tiempos del gobierno de Raúl Alfonsín que se empezó a hablar del nivel de las Necesidades Básicas Insatisfechas, y del nivel de pobreza a partir de 1988.

El dato central es que los enormes niveles de pobreza estructural se registraron por primera vez al final de la última dictadura militar. Y si bien siempre hubo algún grado de pobreza en nuestro país, era un fenómeno marginal y oscilante.


“Vagos y mal entretenidos”

Durante buena parte del siglo XIX las crónicas dan cuenta del problema de la falta de mano de obra, las quejas constantes contra el gaucho y el indio, que no se querían amoldar al rigor laboral de las explotaciones rurales porque tenían la alternativa de conseguir su sustento de la caza furtiva, del ganado salvaje, y de las propias huertas junto a los ranchos. Así es que desde el Estado se establecieron leyes contra los que llamaban “vagos y mal entretenidos”. Por medio de leyes represivas se obligó a los sectores populares a exibir ante las autoridades la boleta de conchabo, una especie de certificado que los hacendados le daban a sus empleados. Aquel que no podía mostrar este documento podía ser empleado a la fuerza en alguna hacienda, o reclutado para el servicio militar. No es otra esta que la historia narrada por José Hernández en su Martín Fierro.

Fue entonces para paliar esta falta crónica de manos proletarias que se impulsó en forma masiva la inmigración europea. Pero con la llegada de los enormes contingentes llegaron problemas nuevos, la “cuestión social” empezó a preocuparle al Estado.

En 1904 se hizo el primer estudio sistemático de los padecimientos de los sectores populares, fue el Informe Bialet Masse, lo que puede resaltarse es que no pone el foco en la pobreza –aunque la describe–, sino en el trabajo y sus condiciones paupérrimas, de hecho el verdadero nombre del informe fue Estado de las Clases Obreras en Argentina. La pobreza no se designaba en abstracto, como un fenómeno en sí mismo, sino situada en su contexto.

El defasaje entre las promesas de tener acceso a la tierra que se le hicieron a los inmigrantes, con la sórdida realidad de obligarlos a vivir en un fuerte abandono en conventillos colmados en las ciudades pusieron los problemas sociales en primer plano y la respuesta Estatal fue doble: represiva y expulsiva como la famosa Ley de residencia, continente y disciplinadora. Pero no era parte del lenguaje de época hablar de la pobreza.

El parte aguas que implicó en la historia el 17 de octubre de 1945 encontró nuevos lenguajes. Juan Domingo Perón se dirigió a la multitud y los llamó “trabajadores”. Los humildes decía Evita, “mis cabecitas negras”. Otros los nombraron desde el desprecio “los descamisados”, “Aluvión zoológico”. Raúl Scalabrini Ortiz, en su inolvidable descripción los llamó “el subsuelo de la patria sublevado”. Nadie hablaba de la pobreza, de esa forma tan impersonal.

Cuando en 1957 Bernardo Verbitsky escribe su novela Villa Miseria también es América, está dando cuenta de una existencia consistente, y le da el nombre a los más excluidos. Pero las Villas Miseria eran lugares de paso, la mayoría tenía una vida efímera.


Los números

Según un estudio del investigador Agustín Arakaki de la UBA, hasta 1974 la pobreza rondaba el 4,6 por ciento, un número que hoy parece inalcanzable. A finales de la dictadura, en 1982 había llegado al 21,55 por ciento, la pobreza estructural llegó para quedarse. La democracia en 1983 arranca con 27,8 por ciento. Hasta 1986, Alfonsín bajó la pobreza al 14 por ciento pero la crisis hiperinflacionaria de 1989 hizo que explote a cerca del 40 por ciento. Una especie de guerra civil larvada por el reparto de la riqueza generó sucesivas crisis financieras, fugas de capitales, endeudamiento compulsivo, inflación descontrolada y caída de gobiernos. Sabemos con cierta precisión hasta qué niveles llegó en esos momentos la pobreza, pero casi nada sobre quiénes se llevaron esa riqueza.

Menem asume con 38,8 por ciento de pobreza y desde el establecimiento del Plan de Convertibilidad, de 1991 a 1994 logró bajarla al 12 por ciento. Su mandato termina con 26 por ciento, en franco crecimiento. La corta presidencia de Fernando De la Rúa ostenta el récord histórico del 50 por ciento, en 2001. En 2003, el inicio del ciclo kirchnerista se encuentra con el gravísimo nivel de 47 por ciento de pobreza: “más pobres que votos”. Y ya para 2006 había bajado al 26,9 por ciento.

La pobreza estructural en Argentina ya lleva casi cuatro décadas, son por lo menos dos generaciones hundidas en una nueva cultura que en nuestro país era desconocida, abarca multitudes y va en aumento. Cada ciclo virtuoso de la economía no logra romper un núcleo duro que parece requerir transformaciones muy profundas en el esquema de reparto de la riqueza. Las medidas inclusivas, como las del gobierno anterior, logran paliar una situación que de todos modos se muestra precaria y a merced del péndulo político en el que nos movemos como sociedad. El fenómeno no es solo local, la desigualdad extrema es verificable en todo el mundo. La pobreza está a la vista, es como una marea que baja y deja ver el espectáculo angustiante de la miseria. Lo que se ve menos, lo que se intenta ocultar, es a dónde se va esa marea de riquezas, en qué manos se concentra. Manos que no son invisibles, solo están escondidas.

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