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martes, 23 de enero de 2018

Asesinato de Lucas: Policías narcos, comisarios cómplices, jueces socios, funcionarios encubridores, Facebook que manejan los muertos, ...pero no se sabe nada

Los cabos sueltos del caso Lucas Muñoz

Pasaron 18 meses y no se logró un solo resultado claro sobre la desaparición y asesinato del policía en Bariloche. Llamativas pistas -algunas desconocidas- corren riesgo de ser abandonadas.

ITALO PISANI

Lucas y su novia Daniela. Él le pidió que se vuelva a Villa Regina. (Foto: Imagen De Perfil Público De Facebook)

Luis Irusta y “Maxi” Morales (en los extremos). Prisión en suspenso. (Foto: Archivo)

La angustia era palpable. Su ansiedad se dirimía entre el llanto y la pasión. En el medio, palabras punzantes: “No quiero vivir, soy malo... mejor buscate alguien mejor. ¡Volvé a Regina!”. Lucas Muñoz descargó todo su desasosiego en su novia Daniela “Gitanita” Rodio la madrugada anterior a su desaparición, dentro de una mínima habitación del hostel céntrico de Bariloche que alquilaba junto con un compañero. Discutieron duro. Después se fundieron en amor.

“Gitanita” lo vio realmente extraño a Lucas y así lo declaró ante la Justicia. Dos frases le llamaron la atención: “Mañana me descargo”. “Ojalá que se pinche...” No le quedaba claro de qué hablaba pero no tenía dudas de que estaba mal. Se había dado cuenta unas horas antes cuando fueron a una casa de Dina Huapi donde Lucas combinó el encuentro “con una pareja y un hombre”. Estuvieron allí de 23 a 3, pero el policía “tenía la cabeza en otro lado”. Abruptamente dijo: “Me tengo que ir”.

Después de esas eternas horas, Lucas -destemplado y mal dormido- se dispuso a ir a su trabajo de la Comisaría 42, en los Altos de la ciudad. No se mostraba apurado. Extraño en él, tan meticuloso con la puntualidad. Eran casi las 13, hora de entrada a la comisaría, y recién salía de su alojamiento, ese 14 de julio de 2016.

Se fue sin su mochila y sin el cargador del celular. Raro también. Jamás los olvidaba. Sólo calzó su uniforme y arma reglamentaria. Caminó hacia la terminal de micros, que estaba a pocas cuadras. Pero inesperadamente volvió tras sus pasos, no se detuvo en el hostel y bajó por las escalinatas de calle Frey, según dan fe registros de cámaras. Poco después policías dijeron haberlo visto “hablando con alguien por la ventanilla de un auto gris”, sobre la avenida Herman, a unas cuadras de su lugar de trabajo.

Veintisiete días después de su desaparición, el 10 de agosto, Lucas fue hallado muerto de dos tiros en una zona cubierta de jarilla que ya había sido “peinada”.

La desorientación absoluta sobre las razones del asesinato de Muñoz sigue invariable 18 meses después. Si algo quedó demostrado fue que hubo, cuanto menos, indolencia en la institución policial durante los primeros tramos de la desaparición, combinada con una búsqueda anárquica.

Pero también extravagantes procederes de agentes y jefes alimentaron la sospecha de obstrucción de justicia y -consecuentemente- abonaron una de las conjeturas del crimen: la interna policial.

Las otras hipótesis bucean entre el narcotráfico con participación de uniformados y bandas delincuenciales vinculadas a robos, prostitución o transacciones ilegales de vehículos.

Muchos cabos siguen sueltos en torno de estas tres líneas:

“Cucho” y la droga. Por testigos y el dictamen del fiscal Guillermo Lista quedó acreditado que uno de los dos policías de Seguridad Vial que fueron al hostel horas después de la desaparición de Lucas a requisar ilegalmente sus cosas, tenía vínculos con la droga. A Luis “Cucho” Irusta se lo señaló como distribuidor . El policía se decía “muy amigo” de Muñoz. “Días antes pasó a buscar a Lucas para comprar menos de un puño de marihuana. Tenía contactos”, aseguraron testigos. De hecho, en un allanamiento en su casa, Gendarmería le encontró marihuana. En el alojamiento de Lucas, también se hallaron rastros de esa droga en una cigarrera verde. Irusta y su compañero Maximiliano Morales fueron condenados a dos años en suspenso por allanamiento ilegal, pero la pista de los estupefacientes quedó en el aire. Esto pese a que la misma novia de Muñoz confesó a “Río Negro”: “Lucas me decía que la droga corre mucho en Bariloche y que la Policía está podrida”. El abogado de la chica, Ernesto Saavedra, también consideró que había “contundentes indicios” para vincular el caso al narcotráfico.

Datos de una chica. Cuando sin orden judicial “se mandaron a la habitación” (según la novia), Irusta y Morales fueron directo a la mochila “Wilson”, a una carpeta negra y a la computadora de Lucas. “Buscaban el número de una chica que se iba a encontrar con Muñoz”, atestiguó la chofer que los llevó. De la computadora, revisaron el historial y se concentraron en las búsquedas de “parejas swinger” y “cita a ciegas”.

El enigmático D.H. También hallaron una anotación con la inicial D.H. y un teléfono. Le sacaron foto con el celular y la enviaron al jefe, David Paz. Al llamar al número supieron que se trataba de un denunciante. Tal pista tampoco se siguió.

¿Por qué la Caminera? Como se apuntó, los oficiales que fueron a “requisar” la morada de Muñoz eran de la Caminera del acceso noreste de Bariloche, cuando el policía desaparecido trabajaba en la Comisaría 42 del barrio Dos de Abril, bien al sur de la ciudad. ¿qué hacían allí entonces y cómo se enteraron primero? A escasas horas de su incierto paradero, desde Caminera llamaron al hostel, luego a la novia, después concurrió al lugar Morales con la chofer, fueron a buscar a Irusta que estaba de franco y volvieron bien entrada la noche. En la Comisaría 42 “nadie buscaba a Lucas”, atestiguó el propio Irusta, que en ese allanamiento irregular se comportaba como si fuera superior de Morales pese al mismo rango. Después se supo que tenía vínculo directo con el jefe de la Regional Tercera, Juan Ramón Fernández. Es más, cenaba con el hijo de esa máxima autoridad policial minutos antes de ir al hostel.

Más actores de reparto. Otra ausente fue la Comisaría Segunda, que funciona en el mismo Centro Cívico donde está la Regional Tercera. Hasta allí concurrió pasadas las 21 Daniela Rodio a denunciar la desaparición de su novio y a dar testimonio de la última discusión que tuvieron. De allí salió custodiada. Pero -que se sepa- no hubo búsqueda, considerando incluso que habían pasado ya más de ocho horas sin rastros de Muñoz. El propio subcomisario de la Segunda, José Eliseo González, declaró: “Me pasaron por arriba”.

“Acordate...”. La investigación hurgó en las complicidades jerárquicas del allanamiento ilegal. Especialmente entre David Paz (Seguridad Vial) y Manuel Poblete (segundo jefe de la Regional), hoy desplazados. A Poblete se le atribuye una frase dirigida a Paz: “Acordate de decir lo que ya sabemos”, cuando debían rendir cuentas ante sus superiores.

Metiendo manos. Uno de los escándalos más graves en el caso fue la comprobación de que se adulteró el parte diario de la Comisaría 42 durante el período de la desaparición. La Justicia corroboró la supresión deliberada de 15 hojas y un burdo agregado de siete. Por este hecho están imputados tres agentes (María Mol, Dana Ortiz y Analía Namuncurá) además del jefe de la 42 ya desplazado Jorge Elizondo y José Jaramillo (tercer jefe). Un policía de esa unidad en la que trabajaba Muñoz relató que el día de la desaparición vio que “había hojas sueltas” en el parte y notificó a un superior que respondió que no se preocupara, que “está todo arreglado”. Dijo también otras cosas inquietantes: que cuando vio que Lucas no había llegado (a la misma hora que él entraba) notó que “no se aplicó ningún procedimiento de búsqueda”, que fue a la Segunda a avisar y le dijeron que llame al 911, que salió a buscarlo por las calles, que no había nadie de la Regional y la Segunda buscándolo y que Jaramillo le ordenó que volvieran, pero no le hicieron caso. “Era como que no querían que lo busquemos”, especuló. Y remató: “A Namuncurá la apretaron en la Regional”. Se lo escuchó decir a la propia agente.

Actitudes. De un extraño comportamiento de Elizondo habló también el subjefe de Policía provincial, Daniel Jara. Dijo que cuando llegó el 20 de julio (seis días después de la desaparición) le ordenó al jefe de la 42 que trajera el parte diario y éste le contestó que “lo estaba cerrando”. Tiempo después apareció con el documento y vio las adulteraciones. Al día siguiente se lo encontró a Elizondo “saliendo con el cuaderno bajo el brazo”. ¿Qué hace?, le dijo. Inmediatamente ordenó secuestrarlo ante la mirada atónita del entonces comisario.

Un fallo salvador. Pese a todo lo que se supo sobre los comisarios Poblete, Elizondo, Paz y Jaramillo, el juez Bernardo Campana los sobreseyó de omisión de deberes de sus funciones y de entorpecimiento en la búsqueda. Eso sí, fueron desplazados de sus cargos por el gobierno.

Desvío de foco. Otro escándalo nada menor fue la comprobación de que un policía activó -al día siguiente de la desaparición- una línea telefónica a nombre de Lucas Muñoz en Catriel, a 560 km de Bariloche. Fue el sargento Néstor Meyreles y lo hizo por un pedido del oficial Federico Valenzuela, que trabajaba con Muñoz en la 42. Dijo que el objetivo era conseguir la sábana de llamadas. Admitió que eso mismo realizó en el caso Micaela Bravo. Desvió así la investigación y dio falsas expectativas de vida. Ergo, entorpeció la pesquisa. No obstante, la Cámara Segunda de Crimen revocó parcialmente el sobreseimiento de los dos policías y los excarceló, al descartar encubrimiento agravado.

Las llamadas. 26 minutos después de la ausencia de Lucas y al día siguiente se producen llamadas entre Elizondo y Valenzuela (mentor de la doble línea). También entre Valenzuela y Jaramillo. El mismo día de la desaparición, captaron la atención de la Justicia reiteradas comunicaciones de Elizondo con Susana Bonnefoi, familiar de Diego, el adolescente asesinado en 2010. ¿Pudo establecer la Justicia su pertinencia con el caso y sus contenidos?

Lucas y Micaela. Lucas Muñoz fue quien recibió la denuncia de desaparición de Micaela Bravo el 23 de marzo de 2016. También Muñoz estaba de guardia cuando apareció el cadáver de la chica, el 6 de abril. Hubo quienes vieron puntos en común entre los ominosos destinos de la joven y el policía. La prolongada desaparición, el hallazgo de los cuerpos a 300 metros de distancia, el protagonismo de la Comisaría 42... Nada se avanzó en corroborar o descartar la hipótesis de que uniformados pudieron haber estado comprometidos en ambos homicidios.

El mensaje. ¿Investigó la Justicia el mensaje que recibió el hermano de Lucas Muñoz, Javier, en su celular y de dónde provino? Decía: “El auto gris es del primo de Oñate (...) Lo levantó a tu hermano y se lo llevaron para la circunvalación. Está por ahí... lo siento mucho. Necesito que se lo digas (al fiscal) Govetto, no a la policía”. Apenas unas horas después, apareció el cuerpo.

El “visto”. Daniela Rodio quedó impactada cuando vio que mensajes de Facebook que le envió a su novio Lucas mientras se encontraba desaparecido tenían tildes de “visto”. Así lo notificó a la Justicia el 30 de julio. ¿Se investigó desde que IP se dejó constancia de los mensajes leídos?

La responsabilidad estatal

Algo queda claro de una lectura detenida del expediente de Lucas Muñoz: ningún instituto del Estado se activó durante, por lo menos, la primera semana de la desaparición del policía. El ministro de Seguridad rionegrino Gastón Pérez Estevan se presentó una semana después. Lo mismo hicieron el ex jefe de Policía Mario Altuna (recientemente designado juez) y el subjefe Daniel Jara (ahora jefe), quienes llegaron el 20 de julio a Bariloche. Tampoco hubo orden de búsqueda de la Comisaría 2°, pese a la denuncia de Daniela Rodio.

En el medio, lo que describimos: allanamiento ilegal en el hostel, adulteración del parte diario y activación de una falsa línea telefónica. Los mecanismos judiciales sí se activaron dos días después de la ausencia con el testimonio de la dueña del alojamiento, Paula Rayle, por el intempestivo allanamiento de Irusta y Morales.

La laxitud en las cúpulas policiales no encuentra justificación cuando se cae en la cuenta de que los máximos responsables de las unidades 42, Segunda, Seguridad Vial y Regional Tercera sabían lo que ocurría desde el minuto uno de la desaparición.

La Fiscalía de Investigaciones Administrativas está a punto de abrir una investigación sobre las responsabilidades de la inacción.

En cuanto al misterio del secuestro y asesinato, luego del concurso de cuatro unidades de Policía, la Gendarmería, Seguridad Aeroportuaria, fiscales y jueces, aún no se pudo obtener un sólo resultado claro.

Transcurrieron 18 meses y la impunidad merodea cerca.
La evolución del caso
La última vez que se vio vivo a Muñoz fue pasadas las 13 del 14 de julio de 2016.
Su última llamada fue ese día a las 13:09. “Estoy llegando”, le dijo a un compañero.
El 10 de agosto dieron con el cadáver. Tenía un tiro en la nuca y otro en una pierna.
Dos vehículos bajo sospecha: un Fiat Qubo y un Chevrolet Onix gris.
Hipótesis: una interna policial, vínculos con drogas o con bandas de delincuentes.
Maniobras sospechosas: allanamiento ilegal, parte policial adulterado y línea de celular activada a distancia.
Resultados: dos agentes con leve condena y cinco jefes policiales sobreseídos. Cinco aún siguen imputados.

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