expr:dir='data:blog.languageDirection' xmlns='http://www.w3.org/1999/xhtml' xmlns:b='http://www.google.com/2005/gml/b' xmlns:data='http://www.google.com/2005/gml/data' xmlns:expr='http://www.google.com/2005/gml/expr'> En lugar de los Pesebres Cheeky, ...uno con un niño Jesús indio, y Rafita mirando desde el cielo ~ Rafita presente!

pino

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domingo, 24 de diciembre de 2017

En lugar de los Pesebres Cheeky, ...uno con un niño Jesús indio, y Rafita mirando desde el cielo

Pesebres de plástico



(APe).-  Por Facundo Barrionuevo

Siempre me llamaron la atención esos pesebres de plástico con colores chirriantes, animalitos de granja y pastito de utilería. El José occidentaloide de cuello torcido con bastón de pastor y la María contemplativa, siempre arrodillada (no va a ser cosa que -por más elegida de Dios que fuera- estuviera en el mismo plano que el varón).

Ambos flanqueando con caras asombradas al niñito Dios, con más pinta de nene de Cheeky que de palestino recién nacido. Nunca esos pesebres me dijeron mucho de la fe en la que creo. Suelen ser un apéndice más, abajo de los arbolitos nevados de bolas de colores que nos gustan tanto y que, cercanos al 24, se confunden entre las bolsas de cartón de las marcas de moda.

***

Dicen que la costumbre del pesebre la inventó, como modo de evangelización, el Francisco del siglo XIII. El de Asís, el loco de la naturaleza y los pobres, que revolucionó y denunció las estructuras del poder eclesial de su época. De ese Francisco tomó el nombre el Francisco nuestro, el de Roma, según él, como programa orientador de su pontificado.

Si uno lee los textos sagrados con atención, esa escena del pesebre del año 0, no tiene mucho de romántica. En el pueblo de Belén, periférico a la gran Jerusalén, ni siquiera había lugar para que pasara la noche una pareja a punto de parir. Así es como 'la María' terminó teniendo a su crío entre la paja de un galpón, fuera de la ciudad, rodeada de algún que otro animal y un poco de olor a bosta. Varias veces habrán escuchado, en el medio de las contracciones: “acá no hay lugar”. “No hay lugar para que nazca” sería la frase completa. Y, encima, un rato más tarde, cuando ya el niñito se había acomodado, recién nacido, en el pecho de la madre, cayeron unos magos siguiendo una estrella con regalos medio raros diciendo que el pibe tenía futuro de rey y de muerte. Y la historia que rodea al nacimiento de ese Jesús de Nazaret se remata con la matanza, ordenada por el rey Herodes, de todos los niños menores de 2 años, porque se había corrido la bola de que un niño desconocido había nacido con destino de monarca. Historia o mito, esos relatos tienen sentido de evocación simbólica.

En la realidad de hoy el “acá no hay lugar” persiste para los pibes. Mientras algunos nacen en las periferias de los Belenes del siglo XXI, en las casas rosadas, blancas o en los palacios de cúpulas de cobre, los Herodes de este tiempo (siempre en madrugada) deciden no darle lugar al destino de millones de niños, niñas y adolescentes. Y de paso, fieles a los criterios adultocéntricos de este sistema, también le recortan la vida a los viejos.

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Cuando era muy chico, mi abuela: 'la Má' (así le decíamos), nos dejaba jugar con las figuras de su pesebre, que era de un material tan liviano y frágil como el papel. Un día con mis hermanos rompimos un par de reyes. Habrán sido Gaspar o Baltasar. No lo sé. La abuela daba lugar, aún, para mandarse macanas.

Hoy, en casa, las figuras del pesebre son unos simpáticos aymaras. Una chola mira al niño que duerme boca abajo, culito para arriba. El fondo de cielo estrellado de nuestro 'nacimiento' familiar son imágenes del año en donde creemos que tiene que nacer tozudamente la vida nueva. La foto de Santiago con esa mirada interpelante, la imagen de Rafita laburando en la carpintería, un recuerdo del centro juvenil, una tarjeta de una escuela, titulares de diario no muy agradables, una estrofa de una canción.


Hay que inaugurar talleres
donde viva lo diverso
refugios de la esperanza
lugares de nacimiento
donde nadie quede afuera
de la fiesta y del encuentro.
(Huberto Pegoraro)

***

Hace un tiempo, por amigos en común, nos volvimos a encontrar con Lucas, un compañero de la escuela secundaria. Sabía que en esos largos años de no vernos había fundado un Club en Mar del Plata, el Dos de Mayo, que es como esos árboles en donde van a parar bandadas de golondrinas que, por supuesto, hacen primavera, para luego seguir viaje a otros horizontes.

Cientos de pibes pasan a diario por los entrenamientos de la Plaza Libertad, soñando jugar la final en el estadio Mundialista y ganar la copa de la Liga Barrial. Hace varios años a Lucas se le presentó el desafío de recibir en su casa a algunos pibes del Club que ya no encontraban lugar en esta ciudad desigual. Hoy, entraman una familia de hijos adolescentes y arman pieza por pieza el puzzle de historia que traen en la mochila.

Hace unos meses, Lucas empezó a dar talleres de ajedrez y se inventaron con un amigo, un programa de radio donde comparten lecturas y desvelos de escritores. Es un inaugurador de lugares. Hay muchas y muchos inauguradores de lugares donde la vida se recibe, así como viene, escapando, dolida, herida casi de muerte, embarazada, ciega, sorda, triste o flaca, muy flaca.

Creo que los imprescindibles de los que hablaba Bertolt Brecht son esos que se animan a decir: “acá tengo un rincón para hacerte un lugar”. En esos imprescindibles creo, en los que transforman los pesebres de plástico en carne y hueso. Los que, como el loco Francisco medieval, 'la Má', Lucas y el Dos de Mayo, hacen que este mundo sea, todavía, un lugar donde nacer rodeado de magia y misterio.



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