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jueves, 6 de abril de 2017

Somos miles los que morimos un poco. /Por Adrian Moyano


Cuando le mostró a El Cordillerano su última compadreada.

Para los habitantes de esta ciudad, se fue uno de los vecinos más entrañables. Pero durante casi medio siglo, Chingolo fue una figura de relieve de la cultura popular argentina. Deja varias huellas indelebles.

Por Adrián Moyano
amoyano@elcordillerano.com.ar

Hacia agosto de 1992, el que firma procuraba ganarse un lugar en el desaparecido Diario Bariloche, suerte de antecesor indirecto de El Cordillerano. La Secretaría de Redacción le había encargado una página de Cultura y Espectáculos a título de prueba. Todavía veinteañero, el proyecto de cronista encaminó sus pasos hacia la Biblioteca Sarmiento porque Carlos “Chingolo” Casalla estaba por iniciar un Taller de Dibujo.



La primera impresión tuvo que ver con la incredulidad. ¿El creador del Álamo Jim y del cabo Savino vivía en Bariloche? Así era hacía años y además, no sólo aportaba creación a las legendarias tiras de la Editorial Columba que todavía subsistían, además funcionaba como un activo protagonista de la escena musical, gracias a su paso anterior por la escena jazzera de Buenos Aires, donde supo codearse con los nombres más rutilantes de la década del 50.

Ahora que se fue se prodigarán los homenajes y los recuerdos de esta índole. Y es lógico que Bariloche sienta que partió uno de sus más entrañables vecinos, pero sobre todo entre mediados del siglo pasado y los 90, “Chingolo” fue un icono de la cultura popular que difícilmente tenga parangón en el presente. En aquellos tiempos, la historieta argentina daba cátedra a escala planetaria y Casalla estaba en la primera línea.

En la infancia y primeros tramos de la adolescencia, todos o casi todos leíamos D’Artagnan, El Tony o Fantasía. Las historietas que construyó Chingolo, ya sea con sus dibujos o con sus guiones, ayudaron en mucho a la escuela. La primera vez que supe de la intervención francesa en México en los tiempos de Benito Juárez (1862-1867) fue gracias a un capítulo de Álamo Jim y dicho sea de paso, jamás me topé en las aulas con una revisión de aquel asunto. Ni siquiera en la universidad… De la existencia de Samarkanda o Tashkent aprendimos gracias a El Cosaco e inclusive, los que fuimos a la Primaria en los 70 supimos más de la Guerra del Paraguay gracias a El cabo Savino que a nuestras maestras.

Quizá resulte difícil comprender aquella trascendencia desde la actualidad, cuando la historieta hace rato que se llama cómic y cuando más bien, se trata de una disciplina de culto a la que acceden sólo los iniciados. ¡Si hasta en las transmisiones radiales futboleras se escuchaban los spots que promocionaban a El cabo Savino y al Álamo Jim! ¿Cuántos pedazos de nuestra existencia te llevaste con vos, Chingolo?

Sin música no es vida

Los barilochenses menos lectores quizá prefieran recrear la imagen que más vieron: detrás de algún set de percusión, entreverado con su hijo Carlitos, la mirada cómplice en dirección a Hernán Lugano… Para la posteridad quedará el registro de La Chingolera, que contó con el plato fuertísimo de su sobrino Javier, encumbrado violinista de Bajo Fondo que durante varios años, procuró hacerse lugar en su apretada agenda para darse el gusto de tocar con su familia.

Precisamente, la última vez que este cronista reporteó a Chingolo fue en febrero pasado, días antes de un concierto con Los Cinco Tigres, una profesión de fe por la improvisación. La fractura de cadera que había sufrido el año pasado todavía provocaba consecuencias y el veterano baterista se desplazaba con dificultad por los pasillos de su casa, en el barrio Belgrano. La charla derivó para cualquier lado -era habitual en él- y de pronto, afloró en su memoria una grabación de la que había participado con Enrique “Mono” Villegas, emblemático pianista del jazz argentino que brilló entre los 30 y los 80, cuando dejó de existir.

Musicalmente, Chingolo tuvo que ver con grandes momentos del género. En los primeros tiempos del Puerto San Carlos, el recinto supo albergar música de primerísimo nivel. Amigotes suyos, en una ocasión nuestro vecino hizo las veces de anfitrión de varios monstruos: el trompetista Roberto “Fats” Fernández, el pianista Jorge Navarro y otros nombres de fuste que escapan a la memoria del cronista. Para ellos se trataba de una reunión de amigos, una celebración de la camaradería con la excusa de desgranar un puñado de estándares.

Chingolo honró la vida hasta que más no pudo. Estaba muy consciente de que tan intenso camino llegaba a su fin. El año pasado, cuando este cronista apretó el REC con la excusa de una nueva versión del Martín Fierro, avisó: “esta es mi última compadreada”. Dibujó y publicó hasta los momentos postreros. De hecho, la tira sobre las andanzas de Guillermo Cox en la zona se publicó hasta el día de su fallecimiento en El Cordillerano.

Para promocionar uno de los cientos de shows musicales que brindó junto con su familia y amigos, en una radio que ya no existe armamos un spot a partir de una de sus frases más célebres: “la vida sin música sería una estafa”. Me permito abrir esa sentencia: una infancia sin historietas es un atentado a la imaginación. Es enorme la deuda que hasta tres generaciones tenemos con Chingolo en ese sentido.

En las primeras horas de este miércoles (5/4), cuando trascendió la noticia no por esperada menos fea, la etiqueta periodística dio muestras de no entender demasiado. No faltó quién preguntara de qué murió para incluir en la crónica de rigor, como si tuviera alguna importancia. Está bien, forma parte de los “manuales de estilo”. No pasa nada… Pero está claro que Chingolo no murió, más bien gastó su vida a puros trazos y mandobles. Y vive en cada uno de aquellos purretes que aguardaba con ansias la llegada del jueves para cruzar al quiosco de diarios y hacerse del álbum Fantasía y cabalgar con el Álamo o tomar té de un samovar con El Cosaco. Si es verdad que murió Chingolo, somos decenas de miles los que junto a él, morimos un poco.

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