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pino

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miércoles, 12 de octubre de 2016

Las preguntas del No

El mundo aún no encuentra respuestas a la decisión de la mayoría de los votantes colombianos de rechazar el acuerdo de paz con las FARC. Desde Medellín, una mirada posible.

ESCRITO POR
Santiago Rey



Escultura del reconocido artista colombiano Botero,
"intervenida" por el Sí

A su estilo, las calles de Medellín palpitaron el plebiscito, oscilando entre la desconfianza, el rechazo, y un apoyo acotado a algunos sectores intelectuales y progresistas de la población.

“Aunque gane el No, esto ya está arreglado”, aseguró un taxista en el trayecto entre el caótico centro de la ciudad y la zona de El Poblado, con su turístico Parque Lleras. Entre los sectores más populares, vendedores ambulantes de la extendida economía informal, taxistas, “habitantes de la calle”, mozos, el No o la abstención eran, los días previos, la casi única opción posible.

“Hay que ser malo para ganar más de la mínima”, resumió un mozo el malestar generalizado por el pago que recibirían los guerrilleros de las FARC, en caso que avancen los acuerdos.

El futuro inmediato de Colombia se sume en el desconcierto. Tras la victoria del No a los acuerdos de paz, ni el Presidente Juan Manuel Santos, ni la oposición de derecha que concentró la campaña de rechazo a ese convenio, saben cuáles serán los próximos pasos. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) emitieron un mensaje ratificando el cese de las hostilidades y planteando que la “palabra” será la única herramienta de construcción.




El Diario El Colombiano reflejó el resultado en su portada




Sin embargo, lo que la población percibió mayoritariamente como concesiones a la guerrilla, hoy están entre signos de pregunta: el no juzgamiento penal de algunos hechos violentos; la integración a la vida política institucional -con diez bancas en el Congreso, sin pasar por una elección-; y el financiamiento de la reinsersión social de los guerrilleros, son puntos clave de los acuerdos, pero rechazados por la campaña del No.

Tres lecturas posibles para comenzar a entender el triunfo del No en el referéndum colombiano: se plebiscitó más la imagen alicaída del Presidente Santos, que los términos del acuerdo de paz firmado por el Gobierno con las FARC; se cristalizó el rechazo a las prácticas de la más antigua guerrilla del continente; y la población fue permeable a una insistente y engañosa campaña de la derecha.

Y cuando en Colombia se dice derecha, debe entenderse como el poderoso conglomerado empresarial de las principales ciudades, terratenientes, algunos medios concentrados, políticos neoliberales prestigiosos entre los sectores populares -como el ex Presidente Álvaro Uribe-, y una exacerbada religiosidad, que hace juego con una pobreza palpable en cada calle.

Un ejemplo de esa simbiosis: luego del triunfo del No, Uribe pronunció un discurso triunfalista -incluso, manejó los tiempos de su exposición y dejó que el perdidoso Santos hablara primero-. Su breve alocusión antes los medios concluyó con un “nos encomendamos a Dios”, quien, según su mirada, les respondió con la victoria electoral.

En tanto, cuando se dice izquierda, en Colombia, se está hablando, fundamentalmente, de un grupo insurgente que fue a la selva hace más de 50 años, para intentar, durante décadas, realizar una revolución socialista, y que en los últimos años produjo matanzas entre campesinos, en algunas zonas se involucró con el narcotráfico, y -según detalló el primer responsable de los contactos entre FARC y Gobierno, Henry Acosta-, había abjurado del socialismo y la toma del poder para volcarse a favor de un sistema “democrático” y con un Estado de bienestar, al estilo de los países escandinavos.






Otra mirada posible para entender el resultado: Si bien el Papa militó activamente por la ratificación de los acuerdos, y hasta envió a uno de sus principales colaboradores a Cartagena de Indias para el acto de la firma correspondiente, en el territorio los sectores más conservadores de la extendida Iglesia Católica y, fundamentalmente, los grupos evangelistas, machacaron contra la integración de los guerrilleros a la vida institucional de Colombia. En las consultas callejeras transmitidas por televisión, podían escucharse argumentos como “no ir hacia el comunismo”, “evitar el castro-chavismo en Colombia”, y un muy extendido rechazo al pago de un “sueldo” por parte del Estado a los combatientes a reinsertarse.

En el altar de los mensajes destinados a confundir e infundir temor, un canal religioso aseguraba, durante la campaña, que votar a favor de los acuerdos con las FARC, favorecería la extensión de la “homosexualidad de género” en el país.

Por otra parte, la puesta en escena del acuerdo de paz realizado en Cartagena de Indias, incluyó la imagen de un victorioso y sonriente Rodrigo Londoño, alias Timochenko, líder de las FARC, abrazado a un Santos en busca de recuperar su imagen. Muchas víctimas directas del conflicto, así como los sectores populares urbanos cruzados por la comunicación de los medios concentrados, creyeron ver que se “reían en la cara del pueblo”. Sintieron ajeno el proceso.

“No, señor, no quiero tener un diputado de las FARC, quiero que vayan presos”, planteó una vendedora de jugos de maracuyá, papaya y guanábana, en la popular Carrera 46.







¿Por qué un plebiscito?



El Presidente Juan Manuel Santos podría haber hecho efectivos los acuerdos de paz, sin necesidad de pasar por una consulta popular. Por ese motivo, la mayoría de los analistas políticos colombianos coinciden en apuntar que la intención del mandatario fue apuntalar su alicaída imagen, en cuyo cenit, soñaba, se encontraba ser ganador del Nóbel de la Paz. Es decir, saltar los problemas cotidianos de su gestión para ser valorado como un estadista internacional, garante del proceso de reconstrucción de Colombia.

Y fue justamente sobre esa grieta, donde la derecha uribista construyó su mensaje: demonizó a las FARC; cuestionó la administración económica de Santos; cabalgó sobre el impacto financiero que tendría la integración de los guerrilleros a la vida institucional, y alertó que con nuevos impuestos a los sectores populares se pagaría esa reinsersión; y hasta algunos referentes políticos locales de la fuerza que conduce el ex Presidente hicieron campaña cuestionando al Gobierno por permitir el ingreso del sistema Uber a las ciudades más grandes del país.

El mensaje fue efectivo. Los sectores populares urbanos votaron en un mismo sentido que las élites económicas, empresariales y políticas.

De los 50 millones de habitantes de Colombia, sólo votó el 37 por ciento habilitado, unos 13 millones, de los cuales 6.431.376 (con el 99,98 por ciento escrutado) decidieron que no pueden aplicarse los acuerdos de paz firmados entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC.

Si bien el porcentaje de abstención fue muy elevado (63 por ciento), apenas supera por 10 puntos el promedio de no participación habitual, en un país donde el voto no es obligatorio. Esa negativa a concurrir a las urnas, tuvo incluso un pico del 66 por ciento, en la primer vuelta de las elecciones generales de 1994.

La distribución geográfica del voto, demuestra que las zonas más afectadas por el conflicto, fueron las que produjeron las victorias locales más resonantes por el Sí, pero que el peso de los grandes conglomerados urbanos torcieron la elección. Los 10 millones de habitantes de Bogotá y su área metropolitana, y los más 6 millones de Medellín y el Departamento de Antiquia, incidieron de manera directa en el resultado.




Uno de los barrios más pobres de Medellín




Colombia se divide en 32 departamentos y una capital. Las grandes ciudades tienen su impronta. La capital, Bogotá, una tradición más progresista apoyó la implementación de los acuerdos, aunque a nivel departamental, la zona apoyó mayoritariamente el No; Medellín y el departamento de Antioquia, más conservadoras, dijeron masivamente que No; las zonas rurales -Cauca, Guainía, Chocó, Vaupés, y Putumayo-, golpeadas por el conflicto FARC-Gobierno, y por la territorialidad del narcotráfico, gritó por el cese a la guerra; al igual que el área costera -sobre todo el caribe atlántico-, dedicado al turismo internacional.

Sería una estigmatización riesgosa atribuir sólo a los empresarios más poderosos o a la oligarquía y los políticos de derecha el voto negativo a los acuerdos de paz. La complejidad del sistema de representación y de una democracia endeble, hizo que en los principales centros urbanos los sectores más vulnerados, a caballo de la antipolítica, la pobreza y cruzados por los mensajes de la derecha, sumaran un importante caudal de votos de rechazo. La percepción religiosa de un destino inmodificable y la escasa participación política hicieron el resto. O como dijo un vendedor callejero de remeras de Atlético Nacional e Independiente de Medellín, los dos equipos de fútbol más populares de la ciudad, “pa' que ir a votar. Ya está todo arregladito”.

* Nota publicada parcialmente en el Diario Página/12

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